LA TENDENCIA BéLICA EN EL HOMBRE

Categoría: Psicología
Actualizado el: 2026-04-13 17:56:36
Creado el: 2026-04-13 17:52:14
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Escrito por Liliana Romero, PhD

La pulsión de dominio: guerra, autoritarismo y el desafío de regular nuestra naturaleza


A lo largo de la historia humana, la guerra y el autoritarismo han sido constantes inquietantes. Desde conflictos entre grandes naciones hasta tensiones en espacios reducidos como una escuela, emerge un mismo patrón: la tendencia del ser humano a imponer poder sobre otros. Este fenómeno, lejos de ser meramente político o circunstancial, tiene raíces profundas en la psicología, la criminología y la estructura misma de nuestro cerebro.

Desde la psicología evolutiva, se sostiene que el impulso de dominación tiene un origen adaptativo. En contextos primitivos, competir por recursos, territorio y estatus aumentaba las probabilidades de supervivencia. Este legado biológico aún persiste: el cerebro humano continúa interpretando amenazas, reales o simbólicas, como desafíos que deben ser enfrentados o controlados. La activación del sistema límbico, particularmente la amígdala, facilita respuestas rápidas de defensa o agresión, muchas veces sin mediación racional.

La criminología, por su parte, ha estudiado cómo estas tendencias pueden escalar hacia comportamientos estructurados de violencia y control. Teorías como la del poder coercitivo señalan que cuando un individuo o grupo percibe que puede imponer su voluntad sin consecuencias, el autoritarismo se vuelve una estrategia viable. Esto se observa tanto en regímenes políticos como en microcosmos sociales: un líder escolar que intimida, un grupo que excluye a otro, o dinámicas de bullying que replican jerarquías de poder.

En los conflictos bélicos entre gobiernos, estas dinámicas se amplifican. La construcción de enemigos, la deshumanización del otro y la narrativa de amenaza constante activan mecanismos psicológicos colectivos que legitiman la violencia. A nivel neurológico, se refuerzan circuitos de recompensa cuando el grupo propio vence, consolidando identidades basadas en oposición y dominio.

Sin embargo, estas mismas tendencias pueden observarse en escenarios cotidianos. En una escuela, por ejemplo, la lucha por estatus social puede derivar en conductas autoritarias: estudiantes que buscan control mediante la intimidación o la exclusión. Esto demuestra que la escala cambia, pero la estructura psicológica es la misma.

Frente a esta realidad, surge una pregunta crucial: ¿es posible regular este impulso?

Desde la neurociencia, la respuesta es afirmativa, aunque compleja. El cerebro humano posee una característica fundamental: la plasticidad. La corteza prefrontal, encargada de funciones ejecutivas como la toma de decisiones, la empatía y el control de impulsos, puede modular las respuestas automáticas del sistema límbico. Es aquí donde entra lo que podríamos denominar una “neurociencia del espíritu”: un enfoque que integra prácticas conscientes para transformar patrones internos.

Diversas técnicas documentadas respaldan esta posibilidad:

  • Mindfulness o atención plena: Estudios han demostrado que la práctica regular reduce la reactividad de la amígdala y fortalece la corteza prefrontal, permitiendo responder en lugar de reaccionar.

  • Reestructuración cognitiva: Utilizada en terapia cognitivo-conductual, ayuda a cuestionar narrativas de amenaza y dominación, sustituyéndolas por interpretaciones más equilibradas.

  • Entrenamiento en empatía: Programas educativos que fomentan la toma de perspectiva disminuyen conductas agresivas y autoritarias.

  • Regulación emocional: Técnicas como la respiración consciente o la escritura reflexiva ayudan a procesar emociones intensas sin recurrir a la imposición.

La reflexión final apunta a una tensión inherente: el ser humano posee tanto la capacidad de dominar como la de cooperar. La historia muestra ambas caras, pero el futuro depende de cuál decidamos cultivar. Reconocer la raíz de nuestros impulsos no implica justificarlos, sino asumir la responsabilidad de transformarlos.

La verdadera evolución humana no radica en la conquista de otros, sino en el dominio de uno mismo.


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